
No te contaré ahora su vida puesto que no es el momento, pero en aquel 1870 el editor y propietario del New York Herald le encargó ir a buscar al Dr. Livinstong; Ya sabéis, el famoso, el explorador que a falta de actores y deportistas, era la estrella mediática de Europa y América con su carrera con los otros exploradores por encontrar las fuentes del Nilo.
Pues Stanley pasó por Persépolis (que debo decir no viene de paso hacia África) y no se le ocurrió nada más que dejar su firma ahí, justo en la entrada de la ciudad.
Por supuesto que era un gamberro y no es excusa que en aquella época grabar el nombre en las paredes de un monumento fuese normal. De hecho te puedes pasar un buen rato leyendo los nombres de algunos viajeros anónimos y otros no tanto como diplomáticos que dejaron su imprenta en esas piedras.

Pero fíjate en otra cosa. Era el año 1870 y aquel iba a ser su nombre definitivo. Su madre lo había abandonado de muy niño y no conoció a su padre. Apellidos tuvo más que oficios y los cambiaba como le venía en gana. El que picó en Persépolis iba a ser el definitivo.

Pero fíjate en otra cosa. Era el año 1870 y aquel iba a ser su nombre definitivo. Su madre lo había abandonado de muy niño y no conoció a su padre. Apellidos tuvo más que oficios y los cambiaba como le venía en gana. El que picó en Persépolis iba a ser el definitivo.
